lunes, 1 de mayo de 2017

Pequeño fracaso.-Gary Shteyngart.


Pequeño fracaso es una de las historias más triste que he leído y tampoco está una para tantas tristezas.

El autor nos va narrando, pasando de un tiempo a otro su vida desde que nace, pero traspasando el Atlántico, hora en Estados Unidos, hora en Ucrania; la vida en la Rusia o la Ucrania soviética de los 70 que no era precisamente un paraíso, el problema de muchos rusos es que pensaban que la América de la libertad era el paraíso, y los paraísos existen, pero no son para todos.

Gary cuyo nombre era Igor, había nacido en el seno de una familia judía, cuyo apellido no presagiaba nada bueno, Steinhorn, un apellido de origen alemán,mal transcrito al ruso ( suele suceder con el ruso) y que significa cuerno de piedra. Nació asmático y eso tampoco le hizo la vida fácil

La historia de la familia es también una tragedia, su abuelo fue asesinado en los años 20 sin motivo alguno, la familia era lo que el llama un clan muy religioso, y con la llegada de los soviéticos las cosas se le complicaron, él vivía al margen de ciertas cosas, así cuenta que nunca tomó parte en una peregrinación o Shtelt. La vida de los judíos en la Ucrania soviética no era fácil, televisores fabricados en  Corea del Sur, las carnicerías khosher, el Yidhis que hablaba la comunidad y las complicaciones de aquellos años.

 En 1932 Stalin decreta que los habitantes de Ucrania tienen que morirse de hambre, y fallecieron entre 6 y 7 millones de personas.El decreto afectaba a judíos y cristianos, pero los judíos aunque se esforzaran en no parecerlo, el acento los delataba, hablaban de forma diferente.Eran años donde los judíos tenían un solo hijo,era imposible tener más, la pareja pudo tener otro hijo pero estaban ya en América y según le explica el padre, ya no se llevaban bien. ¡¡ Que ironías tiene el destino!!

El autor nos habla de Vladimir ¿ que Vladimir? pues a ver piensen un poco. Era serio y nadie se lo cruzaba por la calle, jugaba al ajedrez y vivió en Zurich y otras ciudades europeas, y hace un comentario que yo reproduzco:Cuando crees que has descubierto una de sus facetas, zas, ya está cambiando como el viento.Habla del Vladimir patinador sobre nieve, pocos autores han hablado de esta faceta.  Vladimir nunca estará solo, y algo de ello hay de cierto.El Moscu soviético con arquitectura estalinista es muy distinto a los edificios zaristas de crema pastelera y azúcar glasé de San Petersburgo, en palabras del autor.La plaza roja es tan grande que parece poseer su propio micro clima.Hoy hay un Mc Donald, un City Bank,, y algunas fruslerías capitalistas más.

Una anécdota curiosa, cuando su abuela consiguió salir también del país fue cargada con tres kilos de jabón, pues un periódico soviético había escrito un articulo sobre la carestía de jabón en Norte América.

Los recuerdos de familia se entre mezclan con la vida en Rusia, la comunidad judía rusa fue importante, sus costumbres y sus pesares, de eso va la historia que el autor nos cuenta.

Fue en 1978 cuando se permitió a los judíos soviéticos emigrar a Israel y también a EEUU. Algunos llegaron y se acostumbraron a la vida americana, otros, muchos, se dieron cuenta de que aquello no era el paraíso, y es que el paraíso puede existir en cualquier lugar por lúgubre que sea, pero no es para todo el mundo.

Si tuviera que darle una puntuación a este libro no pasaría del cinco justo, justo, la primera parte me ha resultado más interesante, pero la segunda ya centrada en EEUU me ha resultado un poco muermo.